06.09.2017

Entrevista a Ana Mª Trigo

“Yo creo que las palabras tienen poder”.

Novela histórica, novela de Egipto, novela de arte y, en todas y cada una de sus páginas, profundamente canónica. La experta en arte Ana María Trigo responde, con apasionamiento e intensidad, sobre como “Sherlock Holmes y el secreto de la caja de sándalo”, (book – tráiler https://www.youtube.com/watch?v=iWUBKvVMpbQ ) la novela con la que acaba de debutar en la literatura holmesiana, le ha salido desde dentro.

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En la vida “real” usted es una experta en arte. Me gustaría abusar de su amabilidad y pedirle un par de consejos profesionales… ¿Cuanto valdría un Vernet?
Me encanta que me haga esta pregunta. ¿Se refiere a Horace o a Claude Joseph?

¿?
Verá, en realidad, los Vernet fueron una dinastía de pintores franceses muy bien posicionados. Es el propio Sherlock, en “El intérprete griego” quien nos cuenta que su abuela materna era hermana del famoso artista Vernet pero no especifica de quién de ellos. Por las fechas yo siempre he pensado que se trataría de Horace, que falleció en 1863 a los 73 años y, por lo tanto, tenía edad para ser el tío abuelo de Holmes. Pero, por otra parte, no sería la primera vez que Doyle, aposta o no, se hace un lío con las fechas y tiene sentido que, en realidad, se refiriera a Claude Joseph Vernet, el abuelo de Horace, un pintor mucho más conocido, mejor cotizado y con una carrera brillante.

¿ Y si fuera Horace?
Si se trataba de Horace, fue un pintor con una gran calidad técnica, se especializó en temas bélicos y orientalistas y creo que es uno de esos artistas cuya influencia ha pasado inadvertida, pero ha llegado hasta nuestros días. En junio de 2017 una magnífica pintura del artista, “La tumba de Napoleón en Santa Elena” o “La apoteosis de Napoleón” fue adjudicada por 55.000 euros en la sede parisién de una conocida casa de subastas internacional, superando con creces su precio estimado de 30.000 euros. Claro que si, además, podemos demostrar que en algún momento el lienzo colgó sobre las paredes de Baker Street su precio se dispararía…

¿Y si fuera Claude Joseph?
De todas formas, entre usted y yo, me quedo con las obras del abuelo de Horace, Claude Joseph y sus espectaculares paisajes de puertos y costas. Estudió con Claude Lorrain que influyó enormemente en su obra y trabajó para Luis XV y para otras personalidades francesas de su época. Su última obra en el mercado, “Vista de la costa de Posilipo, en Nápoles” se ha rematado por más de 400.000 euros y, bueno, también era antepasado de Holmes. Otra obra de su círculo, fue adjudicada recientemente en Catawiki, la casa de subastas para la que trabajo a un precio tampoco nada desdeñable. Además, muy probablemente perteneció a una logia, ¿fue ese quizás el motivo por el que lo eligió Doyle como antepasado de Holmes? Y si no, ¿por qué Vernet precisamente?
 
El segundo consejo que le quiero pedir es algo más personal. Verá, ha llegado a mis manos un cuadro de una pastorcilla con un cordero en brazos de Jean Baptiste Greuze. Dicen que perteneció a un profesor de matemáticas llamado James Moriarty.
Interesante obra y aún más interesante su propietario, ¿puedo preguntarle cómo llegó a sus manos?

¿Qué le dice el cuadro de su anterior propietario?
En todo caso, es difícil hablar de la personalidad de un coleccionista basándonos solo en una obra pero, en este caso, tratándose de Moriarty creo que podemos hacer una pequeña excepción. Sobre todo, teniendo en cuenta que, como leemos en el “El valle del terror” la obra colgaba frente a la mesa de trabajo en el estudio de Moriarty. Podemos, por lo tanto, aventurar que se trataba de una pintura muy de su gusto, tanto que no le importaba arriesgarse a que alguien se cuestionara como un humilde profesor de Matemáticas que no percibía más de 600 libras al año por su cátedra, podría permitirse una obra de Greuze. De hecho, ésta es la observación que hace Holmes al respecto. Ahora bien, como en el caso de Vernet, ¿por qué Doyle eligió precisamente esta obra, que nos quería decir con ello sobre Moriarty? En mi opinión, es una pista muy significativa si tenemos en cuenta que la pintura representa a una niña muy del estilo de las modelos de Greuze.

Dulce e inocente …
Si, y en principio nada hay de malévolo en una escena que muestra a una niña con un corderito, de hecho, puede parecer una estampa inocente y hasta cursi. Pero si miramos con un poco más de cuidado, encontraremos una pose quizás demasiado sensual, el escote quizás demasiado amplio y el rostro maquillado, impropio de una criatura tan joven. Si ya a nosotros nos puede causar cierto rechazo, imagínese a los victorianos siempre defensores de la más estricta moral. ¿Nos estaba dando Doyle una pista sobre los vicios más ocultos de Moriarty? ¿Se basaba en ese horrible negocio parte de su fortuna? ¿Eran esos los “oscuros negocios” que le valieron su expulsión de la universidad? En mi opinión, Doyle nos estaba facilitando mucha información sobre Moriarty y sus nefastas inclinaciones.

¿Me lo tasa?
¿Cómo se lo tasaría? Pues actualmente no corren buenos tiempos para Greuze. En los últimos dos años sus obras no han superado la barrera de los cien mil euros con obras de este estilo y tamaño. Claro que si podemos asegurar que perteneció al mismísimo Moriarty el precio se disparará. Seguro que no faltarán holmesianos adinerados que quieran hacerse con él… ni admiradores de Moriarty dispuestos a robarlo.

No es una novata en la literatura. Ya ha escrito y publicado varios libros. 
Siempre he escrito, desde que era pequeña, de hecho no concibo mi vida sin escribir ni sin leer, así que era cuestión de tiempo que me lanzara al mundo editorial. Hasta el momento, he publicado varios libros relacionado con mi formación y mi trabajo en el mundo de los museos y del mercado del arte. Los dos últimos “Cómo invertir en arte con éxito” (Ed. Creaciones Copyright, 2012) y “Peggy Guggenheim, la coleccionista osada” (Ed. Liceus, 2011), están muy focalizados en el mundo de la compraventa de arte y el coleccionismo. Son libros divulgativos que escribí con la idea de acercar un mundo que desde fuera se percibe como elitista y cerrado al gran público y, hasta hoy, están funcionando muy bien.

Sin embargo, en uno de ellos, ya anticipa su fascinación por el mundo victoriano…
No puedo evitarlo, soy un alma victoriana. Me fascina todo lo relacionado con el siglo XIX: el arte, la música, la literatura, la moda, la estética… pero también los cambios sociales y políticos que tuvieron lugar, con sus luces y sus sombras.

En donde habita La Bruja de Pendragon Street,
La Bruja de Pendragon Street surgió, casi y salvando las distancias, como el maravilloso Frankenstein de Mary Shelley. Unos amigos y yo nos retamos a escribir un relato de terror y, lo más difícil de todo, compartirlo. La víspera de Halloween era nuestra fecha límite e Internet era nuestra Villa Diodati. Tan pronto me plantearon el reto, los personajes, Matilda Everdeen, su abuelo y la mansión de la bruja, protegida por gárgolas y hechizos, surgieron de algún lugar recóndito de mi mente y la historia casi se escribió sola. La verdad es que había escrito otras novelas antes pero esta fue la primera que me animé a compartir públicamente.

¿Cuando conoció a Sherlock Holmes?
Pues yo tenía unos ocho años. De pequeña era una niña muy enfermiza, faltaba mucho a clase porque siempre estaba con algún problema de salud. Una de esas veces mi abuelo, al que yo adoraba, llegó a casa con una maravillosa edición de Las aventuras de Sherlock Holmes con unas ilustraciones preciosas. Recuerdo perfectamente el tacto del papel, el olor a nuevo de las páginas y el peso de las tapas duras. Cuando abrí sus páginas y leí que me aguardaban historias como Escándalo en Bohemia o La liga de los pelirrojos supe, de alguna forma, que estaba ante algo muy especial que no tenía nada que ver con los libros que había leído hasta entonces. A pesar de la fiebre, devoré el libro en pocos días. Afortunadamente la fiebre de la gripe pasó, pero la otra, la de Sherlock, nunca se fue.

¿ Y cuando le puso cara?
Pues en aquella época pusieron en la televisión la serie de Sherlock Holmes de Granada, que me gustaba tanto que mis abuelos me dejaban quedarme levantada hasta tarde para verla. Y poco después, llegó a la televisión el maravilloso Sherlock Hound de Miyazaki que todos los holmesianos de mi edad recordamos con gran cariño. Lo echaban los viernes por la tarde y recuerdo que yo hacía los deberes del fin de semana muy, muy de prisa para tenerlo todo listo a las seis y media, que era cuando empezaba. Todavía me viene a la mente la sintonía de cabecera y el olor de cola cao caliente para la merienda, en aquellos días que el mundo era un lugar apasionante lleno de posibilidades y, aunque no lo sabíamos, teníamos toda la vida por delante. Y también recuerdo haber visto El secreto de la pirámide que aún hoy sigue siendo una de mis películas holmesianas favoritas y Basil, el ratón super detective que también tuvo mucha repercusión. Los ochenta fueron unos años buenísimos para los niños que apuntábamos maneras de holmesianos.

¿Y después? 
Después de mi primer libro llegaron todos los demás, el Canon completo, que leí una y otra vez. Pero, en algún momento, quedaron amontonados en el fondo de mi estantería entre las obras de Anne Rice, Daphne du Maurier, Scott Fitzgerald y mis odiados apuntes de matemáticas del instituto. Sherlock siempre estuvo entre mis lecturas favoritas y si había alguna película en televisión me encantaba verla, pero en aquellos años, tenía muchos intereses y muy variados. 

Hasta que llega el día en que un@ de da cuenta que es holmesian@…
¡Sí! Tenía 21 años y estaba lejos de casa por primera vez, en mi primer trabajo, en una ciudad que no conocía. Los primeros días, cada noche, llegaba agotada y muy, muy triste. Una tarde que tuve libre me fui de compras y me sorprendí a mí misma entrando en una preciosa librería y comprando un volumen con las obras completas de Sherlock Holmes. No estaba planeado, pero tan pronto lo tuve en las manos no veía el momento de llegar a casa. Así que cuando llegué al piso que compartía con otras compañeras, me preparé un chocolate caliente y me metí en la cama temprano con mi nueva compra. En seguida, la magia de Baker Street surtió efecto.


No importaba que estuviera lejos, en una ciudad nueva y rodeada de extraños. Allí, refugiada entre las sábanas, regresé a Londres, a Boscombe Valley, al páramo de Devonshire… y volví a reencontrarme con Irene Adler, con Watson y, por supuesto, con Sherlock Holmes. Casi podía sentir el frío de la noche londinense, la humedad de la niebla e incluso, si prestaba atención, podía escuchar los cascos de un carruaje que se alejaba en la noche perdido en la tenue luz de gas.

… y que no tiene cura…
Descubrí entonces el gran secreto que sólo los auténticos holmesianos conocemos: que no importa lo dura que pueda ser la vida y lo fea que pueda resultar la realidad; siempre hay un sitio para nosotros, junto al fuego, en Baker Street donde, como en el poema de Starret, siempre es 1895. Y, por supuesto, desde entonces lo mío ya no ha tenido solución.

¿Sus aventuras?
Dificilísima esta pregunta. Como a la mayoría de nosotros, me gustan más, en general, las historias anteriores a Reichenbach y, dentro de esas, las que tienen alusiones exóticas a las colonias en la India u a otros lugares lejanos.

Le pega que le guste “El ritual de los Musgrave”.
Es que me encanta es con esa mansión centenaria y ese extraño ritual con su enigmática fórmula que transmitida de generación en generación, sin sentido al principio, pero que una vez que conoces la solución se ve tan claramente. Además, en esa historia, Doyle nos cuenta que Sherlock vivía anteriormente en Montague Street, muy cerca del Museo Británico y bueno, sin querer desvelar nada, eso es un detalle muy importante en mi novela.

¿Su novela?
Sin duda, El Sabueso de los Baskerville porque me encanta el ambiente gótico y hasta siniestro que consigue construir Doyle, pero, sobre todo, por el gran enigma que plantea: ¿Dónde se encontraba Holmes los primeros días de la historia? ¿Realmente estaba camuflado en el pueblo o, como muchos creemos, estaba en Londres investigando los horribles crímenes de Jack el Destripador? Todos sabemos  que las fechas coinciden y a mí me gusta pensar que es un pequeño guiño de Watson para desvelarnos dónde se encontraba Sherlock realmente.

¿Qué cara, que pinta, tiene su Sherlock Holmes ideal?
Para mí, Sherlock Holmes siempre tendrá la imagen del maravilloso Basil Rathbone, mi Holmes favorito. Me encanta su aire de gentleman atlético y su gran parecido con el de Sidney Paget. También me gusta su aire amable (desde luego, más amable que el Sherlock literario) y su mirada profunda y sabia, como si conociera todos los secretos del mundo. Sin embargo, cuando escribía “El secreto de la caja de sándalo” no podía dejar de imaginar a los “actuales” y excelentes Benedict Cumberbatch y Martin Freeman; quizás porque en mi historia los dos tienen su misma edad, se han conocido hace pocos años y aún les esperan muchos casos por resolver.

Un día tomó la decisión: “Ahora me toca a mí escribir sobre Holmes”…
Acababa de leer una novela corta con la que había disfrutado mucho, El hombre del cuadro, de Susan Hill que, por cierto, aprovecho para recomendar. Así que me planteé escribir algo parecido, pero tomando a Sherlock como protagonista. Solo por el placer de escribir una historia que, como lectora, me gustaría leer, sin ninguna pretensión, ni siquiera pensaba en publicarla.

¿Y la imaginó?
Estaba en mi despacho, había estado trabajando durante horas en unas tasaciones de pintura bastante complicadas y, sobre mi escritorio se amontonaban, desordenados, varios de mis muchos libros de consulta, incluido uno de arte egipcio. En su portada destacaba un determinado objeto que mejor no vamos a contar aquí para no estropear la historia a quienes quieran leerla. Entonces pensé en cómo relacionar a Sherlock con esa pieza en concreto. ¿Qué le llevaría hasta ella, qué pensaría Sherlock al verla, qué historia habría detrás, qué secreto podía esconder?… Y entonces, de la nada, surgió la historia al completo, con su estructura, sus personajes y sobre todo, muy claramente, el principio y el final.

Fue, claro, más fácil pensarla que hacerla…
Todo el que se haya puesto alguna vez ante un folio en blanco sabe lo difícil que es escribir. En mi caso, comencé por el final, fue lo primero que escribí y de ahí salté al principio. Lo bueno es que tenía tan claro el estilo y la historia que no sufrí los clásicos bloqueos, más bien al contrario, conforme iba escribiendo iban surgiendo más detalles, más matices. Lo realmente difícil fue encontrar tiempo para escribir. Entre el trabajo y mis estudios de Derecho me resultaba muy difícil. Me llevaba el portátil a todas partes e iba sacando pequeños ratitos, en una cafetería antes de empezar a trabajar, en los aeropuertos y en los aviones cuando tenía que viajar o por la noche en los hoteles, pero avanzaba muy poco. A veces pasaban días y días e incluso semanas y no había podido tocar el manuscrito. Al final, decidí ponerme una fecha límite para terminarlo y bloqueé dos horas al día, después de la cena, solo para escribir.  Unas noches avanzaba más, otras menos, pero todos los días estaba un poco más cerca del final. Y así, después de unos meses logré terminarla.

Su novela es muy respetuosa con el Canon…
Con “El Secreto…” me propuse escribir una novela que a mí me gustara leer como lectora, esa fue la premisa. Como los pastiches que más disfruto son precisamente los que respetan el Canon, tenía muy claro que el mío también lo haría. Mi idea era que, como se plantea al principio, mi historia pudiera ser una de esas que Watson atesoró en una caja fuerte del banco Cox and Co.

La prosa está medida…
Si, tenía que estar escrito con su estilo, reflejar la atmósfera y respetar la estructura de las historias originales. Cada cierto número de páginas me preguntaba, ¿Esto lo habría escrito Watson? ¿Watson habría dicho esto o esto otro? Cuidé especialmente el lenguaje para que tuviera ese aire decimonónico que a mí me encanta encontrarme en mis libros favoritos y que, de alguna forma, está grabado a fuego en alguna parte de mí.

Respeta fechas y situaciones…
En cuanto a las fechas, utilicé la cronología que propone W.S. Baring Gould que, bueno, tiene sus lagunas y puede ser discutible en algunos detalles pero que, en general, a mí me convence bastante.

Holmes y Watson están en personaje, no les añade extravagancias o secretos, no, como se dice ahora,  los tunea,
Los personajes tenían que ser ellos y tenían que reconocerse, de lo contrario no me parecía justo. Creo que hay una regla no escrita en los pastiches y es precisamente esa, si los modificas tanto que no parezcan ellos estás escribiendo otra historia, quizás una historia muy buena, pero no una historia de Sherlock Holmes. De todas formas, me gusta pensar que los acontecimientos que acontecen en mi novela influyen a posteriori en la vida de los personajes y, en cierto modo, los condiciona en el futuro.

Es escrupulosa con las localizaciones y ambientes…
Si, por el mismo motivo. No pude resistirme a introducir algunos de mis rincones de Londres favoritos, como el cementerio de Highgate, el Museo Británico o la librería Hatchard´s que ya en el momento en que se desarrolla la historia tenía más de cien años y que sigue existiendo y siendo visita obligada para todo bibliófilo que se precie. También quise añadir un poco de la India victoriana, como elemento exótico tan frecuente en muchas de las historias de Doyle. El 221B de Baker Street y el Club Diógenes los he recreado tantas veces en mi mente que, al escribir esas escenas, era casi como si estuviera allí, viendo todos sus detalles. Me importaba mucho que el lector pudiera verlo tan claramente como yo, los brillantes suelos de madera del vestíbulo del Club Diógenes, los severos retratos de los miembros eméritos, el ambiente acogedor de Baker Street… 

Y, sobre todo, es muy respetuosa en el desarrollo y estructura. No “aprovecha” a Holmes para, por poner un par de ejemplos, hacer una novela negra encubierta, un relato agathachristiano, ni una historia de vampiros …
No, yo quería una historia 100% holmesiana, algo que Watson pudiera leer sin llevarse las manos a la cabeza y que Holmes pudiera tratar con su habitual condescendencia, pero sin que pudiera tener argumentos para detestarla; pero, por otra parte, debo decir que me encantan los giros fantásticos que escritores como Neil Gaiman o Stephen King han logrado aplicar con éxito en sus historias sherlockianas; hacer algo así requiere valor y mucho talento y me quito el sombrero. Mi historia es más convencional o bueno, quizás no tanto, pero eso tendrá que decidirlo el lector al terminar la última frase…

En el detalle y admiración por la arquitectura y el arte asoma, en la novela, su “otra” vida.
Eso es por pura “deformación profesional”. Yo no puedo decir “hay un jarrón”, tengo que especificar de qué estilo y de qué época es y cuál es su nivel de calidad y… ¡casi se me escapa su precio!

¡Me lo creo!
(risas) No lo haga que es broma. No, en serio, fue algo que en cuanto empecé a escribir noté que se me iba de las manos.

Es que busca la precisión en las descripciones, la exactitud que refleje toda su grandeza, importancia y valor…
Si, quería describir los lugares y los objetos de forma precisa, desde mi perspectiva pero tendía a excederme en los detalles y, simplemente, no funcionaba; ralentizaba en exceso. Creo que fue una suerte darme cuenta a tiempo de que diferenciar entre un tibor de la Dinastía Ming y otro del período Kang XI podía hacer que el lector me lanzara el libro a la cabeza por pedante. Pero la verdad es que tampoco quería renunciar a describir los objetos y la arquitectura con la precisión y cuidado que mi formación me permite. Al final decidí describir en detalle sólo los elementos que realmente añadían información a la historia.

¿Cómo cuales?
Por ejemplo, la sobriedad de Leighton Manor, la majestuosidad de la fachada del British Museum, la belleza de los objetos egipcios robados… Aporté el nombre del artista del retrato de Lady Leighton, J.W. Alexander, porque sus modelos tienen un aire etéreo y fantasmagórico que le venía bien a la historia y describo la tumba de Senenmut porque lo que allí se contiene va a tener una importancia vital para lo que ocurre después. Creo que así encontré un buen equilibrio pero, como siempre, el lector es quien tiene la última palabra.

La obra y figura de Hans Sloane planea por todas las páginas de la novela.
Como Hans Sloane, mi Lord Leighton tenía medios más que suficientes para dedicar su vida a su pasión por la Egiptología y, como él, tampoco recibió todo el reconocimiento que realmente merecía así que los dos tienen bastante en común. Sin embargo, el amor al arte no es exclusivo de las clases altas y muchos trabajamos por que siga siendo así.

¿La verdadera aristocracia es la que forman los amantes del arte?
En mi opinión, rotundamente sí. Confucio dijo que cada cosa tiene su belleza pero no todos son capaces de apreciarla. No sé si es algo bueno o malo porque mi experiencia me ha enseñado que las cosas no son blancas ni negras ni funcionan a nivel absoluto pero creo que quienes pueden ver la belleza de las cosas (del arte, de la naturaleza, de la sencillez…) están a un nivel diferente, ellos son la verdadera aristocracia, algo que va más allá de la clase social, de la riqueza, del lugar de nacimiento o del apellido que heredes.

Sherlock Holmes y el secreto de la caja de sándalo  es canónica en todo:  hasta tiene una novela dentro de la novela La historia de Lord Leighton. Toda una novela de aventuras…
Sí, fue inevitable. Una vez que Lord Leighton se “materializó” tomó vida propia y ya fue imposible callarle ni quitarle líneas a su historia. Era casi como si me fuera susurrando las palabras según escribía como en esa maravilla película que es El fantasma y Ms. Muir. De hecho, el apellido Leighton era sólo provisional, en espera de que se me ocurriera otro mejor. Lo elegí porque el personaje de Elaine es exactamente la modelo que aparece en un famoso cuadro del pintor victoriano Frederick Leighton, El artista en su luna de miel, pero una vez que mi Lord Leighton tomó fuerza fue imposible cambiarle el nombre, simplemente, no funcionaba. Había surgido en mi mente tal como lo describo en la historia, con sus ojos verdes, su pelo castaño claro a la altura de los hombros, sus gafas de cristales finos y… su nombre.

Al leer Sherlock Holmes y el secreto de la caja de sándalo da la sensación de que se ha quitado de encima una espina: consumar su historia de amor con la egiptología.
Sí, siempre digo que mi profesión frustrada es la de arqueóloga y, de hecho, la Egiptología me apasiona casi tanto como lo hace Sherlock. He realizado varios cursos relacionados con la Egiptología, tengo nociones de lectura de jeroglíficos y, por mi carrera, he estudiado el arte egipcio y su evolución a través de los diferentes reinos. La verdad es que he logrado unir mis dos grandes pasiones en esta novela y por eso me lo he pasado tan bien escribiéndola. ¡Pero no me la he quitado de encima, más bien todo lo contrario! Creo que mi pasión por Egipto siempre estará ahí, junto con mi amor por Sherlock; ambos forman parte de mí y sin ellos no sería yo.

No está sola en ese amor por el Antiguo Egipto. Es una fascinación inacabable compartida por miles de personas…
Sí, así ha sido desde siempre. Incluso a los antiguos griegos y romanos ya les parecía una civilización antigua y misteriosa. Cuanto más sabemos del Antiguo Egipto más queremos saber y más nos damos cuenta de las enormes lagunas de conocimiento y tiempo que se abren ante nosotros. Volvemos a ellos una y otra vez, no importa el momento de la historia en que estemos. Y si nos fascina a todos, ¿cómo no iba a hacerlo con Sherlock? No me cuesta imaginarlo paseando entre las momias del British Museum en aquella época en que era un joven desconocido y vivía a escasos metros.

Le queda por escribir la fascinante historia de uno de los personajes de la novela: Senemmut, un faraón de incógnito, un válido, un Conde Duque de Olivares de la época, un gobernante oculto y todo un reformador…
Exacto. Senenmut fue un personaje real, la mano derecha de la reina faraón Hatshepsup. Fue arquitecto, astrónomo y un alto dignatario de gran influencia. Quizás también fue amante de Hatshepsut, según mencionan algunos textos, aunque probablemente, nunca lo sabremos con certeza. Su tumba, la TT353 fue descubierta en la primera mitad del siglo XX y era muy, muy parecida a la que describo en mi novela: una verdadera joya digna de un faraón. Aunque, por desgracia, al contrario de la que describo, había sido saqueada miles de años atrás y se encontraba vacía. Mi Senenmut vivió un poco después pero también sirvió a un gran faraón de la Dinastía XVIII, durante el Imperio Nuevo, a Amenofis II. Y también tiene una historia fascinante detrás, antes y después del descubrimiento de la tumba, aunque que la cuente o no dependerá de los lectores de “El secreto…”.

Una de las claves de la novela radica en la cultura de los símbolos y de su valor en el Antiguo Egipto.
En el Antiguo Egipto todo tenía un significado. Cada amuleto, cada inscripción, cada pintura tenía una función concreta y un propósito específico; especialmente la escritura y especialmente el jeroglífico. Muy probablemente tenía connotaciones mágicas que a día de hoy se nos escapan. La expresión egipcia para jeroglífico significa “palabra de Dios”. En jeroglífico se escribían los nombres de los faraones, las fórmulas sagradas que tendría que recitar el difunto para superar las pruebas que le esperaban en la otra vida, las ofrendas realizadas a los dioses y, cómo no, las maldiciones que aguardaban a los ladrones de tumbas.

La fuerza de las palabras…
Yo creo que las palabras tienen poder. Basta con ver el efecto que tiene sobre una persona querida cuando le decimos que la amamos o, todo lo contrario, cuando volcamos nuestro odio en un insulto. Quizás los egipcios también lo pensaban y quizás, sólo quizás, habían encontrado la forma de transformar esta magia en símbolos para que perdurara por toda la eternidad. Por supuesto, hoy sabemos que la magia no existe y demás pero… ¿y si sí existiera?

En  Sherlock Holmes y el secreto de la caja de sándalo recrea el mito de Orfeo y Eurídice…
Es uno de mis mitos favoritos. Tuve que traducir el poema original de Ovidio en clase de latín, en el instituto, y me impactó muchísimo. Me parece desgarrador que alguien logre lo que más ansía en la vida y que lo pierda en un instante, solo por una milésima de segundo y por un error absurdo. Y luego está, por supuesto, la bellísima pintura de Corot, para mí una de las mejores obras del artista que ha sabido captar la emoción del momento pero también el inframundo griego, con las almas de los difuntos que aparecen al fondo, como sombras de lo que fueron.

Y es que late en su novela el deseo de la inmortalidad tan victoriano.
Sí, de hecho, el propio Doyle ya trató el tema en su historia corta “El anillo de Toth”, donde un sacerdote egipcio inmortal lleva más de tres mil años buscando el “antídoto” que le haga mortal otra vez. Y luego están, por supuesto, todas esas historias maravillosas de momias que se popularizaron a raíz del descubrimiento de la tumba de Tutankhamon y su famosa maldición. Es un tema fascinante que se reinventa con cada generación.

En su búsqueda aparecen ladrones de cadáveres.
Si, tenga en cuenta que constituían una auténtica organización criminal que hundía sus raíces en la mejor sociedad de la época, quién sabe con qué siniestros fines. Aparecen en “El secreto…” también en conexión con la rancia aristocracia pero si los fines son más o menos siniestros lo dejo a la decisión del lector.

En la novela hay una reflexión sobre “La fe en la propia locura”… ¿ Y el precio a pagar?
Yo creo que es mayor el precio a pagar si uno no cree en su propia locura. Entonces se anda por ahí a merced de la locura de otros, de la del primero que llegue. Siempre hay que creer en algo, en lo que sea, pero que sea nuestro. Y perseguirlo, perseguirlo con toda nuestra alma, porque lo logremos o no, nadie podrá arrebatarnos el placer de haber corrido tras ello. El personaje que se deja llevar por su locura en la novela paga un alto precio por ello, pero aún así, mayor hubiera sido el precio de no hacerlo.

Los aficionados a la novela histórica son muy exigentes ¿Qué reacción espera de ellos?
No puedo saberlo, pero sí puedo esgrimir en mi defensa que investigué a conciencia antes de ponerme a escribir.  Por ejemplo, algunos de los personajes que aparecen son reales como el director del Museo del British Museum y el conservador responsable de la colección egipcia. El viaje que describo desde Londres a Luxor era exactamente el que haría cualquier viajero que quisiera hacer este trayecto en la década de 1880, incluso el barco que aparece existió realmente y cubrió esa ruta y describo exactamente la vajilla y la cubertería que se usaban. Los restaurantes que menciono existieron en la época.

Los aficionados a la egiptología tampoco son mancos.
 También le dediqué mucho tiempo al estudio de la historia de la arqueología para asegurarme de qué descubrimientos se habían realizado en el momento de la novela y cuáles no, qué métodos de prospección y excavación se utilizaban en el Valle de los Reyes, cómo se documentaban y catalogaban los hallazgos y, sobre todo, cómo era el día a día en una expedición arqueológica. Por supuesto, no todo el resultado de mi investigación aparece en la novela, o habría sido demasiado densa, pero de alguna forma está ahí, y creo que se percibe en los pequeños detalles. Así que, como verá, he sido muy cuidadosa con la parte histórica aunque, por supuesto, si he cometido algún error lo aceptaré con humildad.

Aunque la palma de la exigencia se la lleva la comunidad holmesiana, y créame, se de lo que hablo…
Lo que más me preocupó, desde el principio, fue la reacción de los holmesianos. Como holmesiana me considero, sé lo importante que es la figura de Holmes para todos nosotros y lo mucho que nos molesta, hasta tal punto que casi nos duele, cuando se maltrata al personaje con un mal pastiche. Así que me lo pensé mucho antes de ponerme manos a la obra, me daba miedo escribir una novelucha mediocre y plagada de errores. Pero, por otra parte, hace muchos años que decidí no dejar de hacer nada por miedo y me apetecía enormemente compartir la historia que había creado.

Ha hecho bien, créame de nuevo.
Bueno, por mi parte, como ya he dicho, he intentado ser muy meticulosa con las fechas y los detalles canónicos aunque debo admitir que me he tomado algunas licencias que espero que los holmesianos puedan perdonarme, como la inclusión de Mycroft en la historia. Como sabemos, en realidad no aparece hasta más adelante en el Canon, en El intérprete griego pero a mí me parecía muy importante que apareciera y, además, me daba mucho juego en la historia. A cambio, he introducido algunos pequeños guiños que sólo ellos serán capaces de descubrir…
Cuando se acaba un libro, si no antes, ya se está pensando en el siguiente.
La verdad es que hay varios libros en marcha que me encantaría que vean la luz muy pronto pero que lo hagan o no dependerá, sobre todo, del destino que le depare a “Sherlock Holmes y el secreto de la caja de sándalo”.

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