Círculo Holmes
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08.12.2017

Entrevista a Miguel Ángel Quintana

“Cabe oponerse al modo de entender la razón que tiene Holmes”

Miguel Ángel Quintana Paz , profesor de Ética y Filosofía Social de la Universidad Europea Miguel de Cervantes, ha dedicado su vida académica a preguntarse sobre qué son las reglas y las normas en general así como su interpretación guiado por su maestro Ludwig Wittgenstein. Para su último libro “Reglas. Un ensayo de introducción a la hermenéutica de manos de Wittgenstein y Sherlock Holmes”(Ápeiron Ediciones, 2017) ha recurrido a un detective consultor y a un curilla católico para para explicar (se) sus reflexiones y nos cuenta lo ocurrido.

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Y yo, inocente de mí, que, antes de abrir su libro, pensaba que la excepción confirmaba la regla…
En el sentido en que se usa habitualmente esa expresión, resulta paradójica: si un hotel dice que todas sus habitaciones tienen calefacción, y tú llegas a él en pleno invierno y te toca una habitación que no la tiene, seguro que protestarás por la publicidad engañosa del establecimiento. Y no te valdrá que te digan que la excepción de tu habitación ha confirmado la regla. Lo lógico sería decir que una excepción lo que hace es negar que su regla se cumpla siempre. Ahora bien, en otro sentido, según explico en el libro, sí, las excepciones a veces confirman las reglas.

Usted arremete contra “nuestras cultivadas mentes” armadas con el poder de la razón.
Ese es uno de los objetivos del libro: investigar un tanto qué es eso de poseer una mente cultivada, o qué significa usar nuestra razón. Por eso Sherlock Holmes aparece en él: representa un modelo de uso de la razón muy atractivo.

De Cicerón a los refranes, de Leibniz a Wittgenstein pasando por la interpretación de la Biblia,…
Otra manera de entender la razón es verla como aquello que nos permite interpretar el mundo, a los demás, a nosotros mismos. Por eso me atrevo a creer que un repaso rápido por los distintos modos de interpretar que se han dado en la historia puede sernos útil.

Y también aparecen los tres filósofos de la sospecha (Marx, Nietzsche, Freud) que son quienes, por así decirlo, lo “estropean” todo.
Más que estropearlo, suponen un reto. Los tres desconfían de nuestra razón, la vuelven sospechosa. Y cuando uno de nosotros es sospechoso, eso no significa ya que seamos culpables, pero sí que tenemos un reto más en nuestras vidas que antes no teníamos. Marx, Nietzsche y Freud nos impulsan a demostrar que todavía podemos confiar en nosotros mismos cuando nos ponemos a razonar.

Y, de repente, la excepción se convierte en regla… No, no solo eso, en hegemónica.
Sí, la historia que narra el libro (un recorrido rápido por la historia de nuestra cultura) puede resumirse en una especie de triunfo de las excepciones sobre las reglas. Y en cómo ponerle remedio, claro, porque si todo son excepciones ya no hay regla que valga.

La excepción es rigurosa, severa e implacable…
A veces está bien ser rigurosos e implacables. En el ejemplo del hotel que le di antes, seguro que nos hubiese gustado que fuesen más rigurosos con su publicidad y no hubiesen anunciado algo que no podían cumplir. Nos habría evitado muchas tiritonas. Con mayor motivo, cuando lo que se vuelve frecuente son las excepciones, bien podemos ser nosotros los que nos pongamos un tanto severos con todo ello.

Una cita: Faciuntne intellegendo ut nihil intellegant…
Esa es una cita de Terencio, que escribió a los 19 años, en su comedia Andria. Significa: “¿Acaso, al hacerse los entendidos, no demuestran no haber entendido nada?”. Como ve, es una frase que casi dos mil doscientos años después puede seguir resultándonos de lo más aprovechable en múltiples circunstancias. Mi libro, de hecho, la aprovecha para referirse a algunos intérpretes un tanto despistados.

Otra cita, ésta suya: “Que no haya instancias independientes que nos sirvan nuestras acciones no significa que no haya posibilidad de juzgar nuestras acciones”. Es decir, un distanciamiento crítico que nada tiene que ver con el cinismo…
En efecto. Como decía Ortega y Gasset, todo buen principiante (y todos lo somos en algún sentido) debe ser escéptico. Pero todo el que se queda en lo de escéptico no es sino un principiante.

Desde Hume se llega, o no, a Holmes…
Hume tiene (con razón) fama de ser un pensador bastante escéptico. Sin embargo, en el libro apunto que su escepticismo se concentró sobre todo en las ciencias naturales; en política cabe pensar, de hecho, lo contrario: que era insuficientemente escéptico. Sería de sumo interés imaginar un diálogo entre David Hume y Sherlock Holmes sobre estos asuntos.

Otra cita más, le toca a Nietzsche: “¿Se debe continuar soñando (mintiéndo[se]) sabiendo que se sueña?”
Cuando soñamos sabiendo que estamos soñando, el sueño pierde gran parte de su poder sobre nosotros. Normalmente empezamos a disfrutarlo, pase lo que pase en él. Lo mismo ocurre cuando asistimos a una representación teatral, a una ópera o vemos una película: sabemos que aquello no es verdad, aunque tampoco es propiamente una mentira. Podemos disfrutar de la representación, y aprender de ella, sin tomarnos en serio que, por ejemplo, el disparo que acaba de recibir Gesler de Guillermo Tell haya matado en realidad a nadie. Por tanto, lo que Nietzsche reivindica no es que nos mintamos a nosotros mismos o a los demás: bien al contrario, lo que quiere es que nos demos cuenta de cuánto hay de ilusión en la vida y, entonces, hacer que esa ilusión pierda su poder sobre nosotros. Que no nos mienta más. Aunque tampoco sea la verdad.

Wittgenstein es su filósofo de cabecera, a quien ha dedicado una buena parte de su obra…
Sí, y también parte de mi vida; pasé un año en Viena, su ciudad natal, investigando lo que muchos han llamado “la Viena de Wittgenstein”: ese período maravilloso, de finales del siglo XIX y principios del siglo XX, en que aquella capital europea estaba sentando las bases de mucho de lo que luego iba a ocurrir en todo el orbe a lo largo del siglo XX. Baste citar que por allí andaba o empezaba a caminar al mismo tiempo una inigualable cantidad de figuras que luego serían claves en sus respectivas disciplinas: no solo Wittgenstein en filosofía, junto con Karl Popper o el Círculo de Viena, sino también Sigmund Freud en psicología, Gustav Klimt en pintura, Arnold Schönberg o Gustav Mahler en música, Hans Kelsen en Derecho, Friedrich Hayek y la escuela austríaca en economía, Robert Musil o Hugo von Hofmannsthal en literatura, Adolf Loos en arquitectura, y hasta dos personajes políticos tan contrapuestos (pero sin los cuales no se entiende nada de la historia del siglo XX) como Theodor Herzl, fundador del sionismo, y Adolf Hitler.

¿Qué le atrajo de Wittgenstein en un primer momento?
Desde el punto de vista de su peripecia vital, Wittgenstein es seguramente el filósofo más atractivo en mucho tiempo. Algunos lo han comparado con Sócrates, en el sentido de que no fue solo un tipo que hacía filosofía, sino que su propia vida refleja lo que esperamos aún que contenga la vida de un filósofo. Todo eso tiene un encanto al que seguramente no me sustraje cuando, de adolescente, empecé a leer sobre él.

¿Por qué él y no otros?
Con todo y con eso, vidas apasionantes han existido muchas, de modo que no creo que ese factor fuera el determinante. Sí que lo fue su manera de reflexionar sobre el lenguaje, tan diferente a la de tantos otros pensadores, y a la de mucha gente corriente aún hoy. Y también me atrajo seguramente su gusto por la argumentación: muchos filósofos que se salen del modo de pensamiento habitual gustan de hablar como si fueran oráculos, con palabras oscuras y sin entrar a debates verdaderos con otros pensadores. Wittgenstein sin embargo consideraba que un filósofo que nunca se bajara a debatir era como un boxeador que nunca entrenara más que dando puñetazos a un saco. De hecho, él debate incluso cuando escribe: a menudo su escritura reproduce discusiones imaginarias sobre dos maneras de entender lo mismo. En eso también se parece a Sócrates, siempre tan discutidor en las obras de Platón.

Los aspectos sobre la hermenéutica de Wittgenstein son, cuanto menos, desconcertantes…
Sí, a eso me refiero, a que todavía hoy la forma de pensar de Wittgenstein puede resultar fresca e innovadora. Es un filósofo que te invita a ver todo de una manera muy diferente a como lo has visto hasta ahora. Ese es el motivo por el que en el libro muestro cómo puede vincularse con otra corriente filosófica distinta, la de la filosofía hermenéutica. Esta última es una filosofía que corre el peligro de morir de éxito: ha resultado tan influyente durante las últimas décadas en todas las áreas del pensar, que se arriesga a resultar obvia o poco rompedora. En mi libro trato de explicar que aún podemos extraer enseñanzas de ella (y de relacionarla con Wittgenstein).

Además de las excepciones están las reglas ¿Hay un criterio de calidad para que seguirlas?
Por supuesto. Lo que trato de narrar en el libro es que las reglas ya no son válidas por los motivos por los que tradicionalmente se ha creído que son válidas; pero que ello no obsta para que sigan siendo válidas e incluso muy convenientes.

¿Hay reglas independientes de la condición humana?
Si existieran, nos daría igual, precisamente por lo totalmente independientes que serían de nosotros. Cualquier instancia independiente a los humanos necesitamos hacerla un poco nuestra para que empiece a afectarnos; necesitamos interpretarla. Y cuando interpretamos ya no estamos lidiando con una cosa ajena, en sí misma, pura, inmaculada: ya estamos mezclándola con nuestros afanes y nuestros días.

¿Cuándo tuvo lugar su primer encuentro con el detective consultor?
Sherlock tiene una ventaja y una desventaja que solo el acaece a él y al resto de grandes personajes de la literatura universal: que podemos llegar a saber de ellos, aunque ni siquiera hayamos leído ni el más pequeño párrafo de ninguna de las obras en que aparecen. Así pues, supongo que mi primer contacto con Holmes se produciría de pequeño, al oír hablar de él en la tele o al leer sobre él en alguien que no fuera Arthur Conan Doyle. En ese sentido, cuando leí Estudio en escarlata (en esto fui muy ordenadito y empecé por el principio), allá por mis 14 años, tuve la experiencia de convivir por fin durante unas horas con un tipo con el que, al fin y al cabo, ya había tenido numerosos encuentros casuales aquí y allá.

¿Y a partir de ahí?
Creo que mi reacción es compartida por muchos de los lectores de Conan Doyle: cuando te topas con el Sherlock de sus historias resulta aún más enigmático, aún más atrayente, aún más cerebral de lo que te habrías podido imaginar solo por su versión “popular”. El contexto victoriano de sus obras ayuda además a sentir casi la humedad de la niebla londinense en que desarrolla sus peripecias. A menudo no nos damos cuenta de toda la paradoja que esto supone: se supone que la fría racionalidad de Holmes es lo más alejado posible a la ilusión de vivir una experiencia literaria. El gran mérito de Doyle fue conjugar ambos aspectos. Y por ello no solo he leído varias de sus obras, sino que me he animado incluso a releerlas, sin importarme el hecho de que ya conocía su final.

Para usted Sherlock Holmes es el epítome del defensor o por así decirlo, del caballero andante, que preconiza las reglas como justificación, explicación y causa de un modo de vida.
Sí, Sherlock refleja toda una manera de entender las reglas, de entender la ciencia, de entender cómo usamos nuestra razón los humanos. Un modo de entender todo eso, como no podía ser menos dada la época y lugar de nacimiento de Holmes, muy decimonónico y anglosajón. El siglo XIX es la época del despegue en que empieza a verse lo muy rápido que puede cambiar la tecnología nuestro modo de vida; es por tanto, sobre todo en su último tercio, un siglo optimista sobre el poder de la razón ya no solo para proporcionarnos telégrafos y ferrocarriles, sino para organizar nuestra vida en sociedad (recordemos que hasta comienzos de la I Guerra Mundial en 1914 no empezó aún de veras, según Hobsbawm, el siguiente siglo, el XX; pues fue solo esa terrible contienda lo que de veras quebró la fe exagerada que compartía casi toda la Europa del XIX en la racionalidad y la civilización).

Ahora bien, naturalmente lo importante para un filósofo no es si Sherlock Holmes vive y triunfa en ese u otro contexto (todos tenemos alguno), sino si esa manera de entender la racionalidad es un modo correcto de ver las cosas o no. Lo que intento explicar en el libro es que, después de haber pasado por Marx, por Nietzsche, por Freud, después de avances científicos que han caminado por sendas que le habrían sonado a insólitas a cualquier victoriano; y después, sobre todo, de Wittgenstein, ese modo de entender las cosas ya se nos ha hecho poco plausible. Y que, si queremos seguir reivindicando el poder de la razón, hay que hacerlo con el mismo entusiasmo en que lo hacía Sherlock, pero de un modo un tanto diferente.

De alguna manera Sherlock Holmes es el guardián en el centeno de un modo de vida…
En efecto, en cierto modo representa también su canto de cisne. Sherlock nos seduce por su habilidad al separar razones y emociones; por la forma severa en que se deja llevar por sus razonamientos le lleven donde le lleven, aunque sea a conclusiones improbables; como decía él, una vez descartado todo lo imposible, lo improbable es lo acertado. Ahora bien, esa manera de entender las reglas del pensamiento (y, por tanto, de entender toda la sociedad) llevaba perdiendo desde la época de la Reforma protestante (cuyos 500 años justo ahora conmemoramos) casi toda su lozanía. Arthur Conan Doyle intenta reivindicarla, pero a muchos les resulta tan forzada su defensa, que enseguida surgen imitaciones paródicas de Sherlock Holmes: personajes como Picklock Holes, por ejemplo, y su fiel amigo Potson, el lugar de Watson. Esas parodias, como intento mostrar en el libro, no son solo una reacción jocosa a la fama de Sherlock, o un intento de vender literatura aprovechándose de su éxito, sino que muestran algo más profundo: que Sherlock es seductor precisamente por lo lejana que nos queda ya, que quedaba ya en su misma época, su estricta forma de ser y de razonar.

Y, sin embargo, en el Canon holmesiano hay relatos como The yellow face o The crooked man en los que el detective se ve tan desbordado, moral y emocionalmente, que bien pueden ser considerados fracasos.
En efecto, aunque en mi libro me ocupo más de Sherlock Holmes que de Arthur Conan Doyle (como de hecho ha ocurrido con nuestra tradición cultural), lo cierto es que en esos relatos se diría que el propio Conan Doyle detectaba ya esa falla que he descrito en su personaje, y trató de reflejarla en sus propias narraciones. Diríamos que, por muy victoriano que fueras, por muy inglés decimonónico y cientificista que aspiraras a ser, ya en la propia época de Conan Doyle eran patentes las resquebrajaduras que poseía esa manera de entender las cosas.

Frente a Arthur Conan Doyle y Sherlock Holmes usted enfrenta o, mejor, contrapone al enorme (en todos los sentidos de la palabra) Gilbert Keith Chesterton y su avatar, el padre Brown.
Efectivamente, Chesterton fue prácticamente contemporáneo de Doyle y, sobre todo, de Sherlock Holmes (cuando este publica su Estudio en escarlata, Chesterton andaba por los trece años de edad). Ahora bien, Chesterton sabe detectar muy bien por dónde soplan los aires de nuestro tiempo, y ello hace que cuando, dentro de su inmensa obra, dedica unos cuantos relatos a historias detectivescas, cree un personaje completamente diferente a Sherlock Holmes: el padre Brown. Diferente incluso en términos meramente físicos: la delgadez y altura de Holmes se contraponen de modo no casual al rechoncho cura chestertoniano. Por no hablar de sus diferencias de carácter, que los hace distintos incluso en lo que se asemejan: por ejemplo, ambos son célibes, pero por motivos completamente diversos.

La racionalidad del padre Brown es distinta…
Bueno, todo lo anterior nos permite extraer cierta hipótesis: allá donde Sherlock Holmes nos atrae por representar el final de una época (una época sin duda repleta de encanto, y por ello no es extraño que aún nos pueda seducir), Chesterton y su padre Brown nos atrapan justo por lo contrario: porque saben defender la racionalidad de un modo apabullantemente contemporáneo. De hecho, el padre Brown es la prueba de que cabe oponerse al modo de entender la razón que tiene Holmes sin por ello caer en el irracionalismo, ni mucho menos: nuestro pequeño sacerdote sabe razonar y descubrir a los malvados criminales con la misma efectividad que lo hace Sherlock, pero adoptando un modo de entender lo racional, la sociedad, el hombre, las reglas completamente distinto.

Es muy llamativa la vigencia de Chesterton en el siglo XXI
Tal vez la prueba de que Chesterton captó bien por dónde iban las cosas en nuestro tiempo es que hoy se reivindica con igual fervor desde la más desenvuelta derecha como desde la izquierda más radical: ya el mismo Gramsci, de hecho, notó el contraste que a mí me interesa, el que hay entre Sherlock y el padre Brown. Y, aunque anduviera lejos de poderse considerar una publicación cristiana, la hoy extinta revista Archipiélago dedicó en 2005 un monográfico completo a, como ellos lo titularon, “El hombre que fue G. K. Chesterton”. Pocos autores nítidamente católicos, como Chesterton, han gozado en el siglo XX de ese privilegio: ser leídos con igual entusiasmo desde cualquier lado del espectro ideológico o filosófico.

Por su (discreto) descaro, su independencia, su (magnífico) uso del sentido común, su intuición… el padre Brown parece tener la clave.
En efecto. Y también por su habilidad para entender a las personas. El padre Brown se da cuenta de que no basta con entender reglas generales de pensamiento, sino que hace falta comprender muy bien cómo aplicarlas a cada persona concreta. En ello contacta, sin duda, con una vieja tradición católica, casuística, pero también con lo que la filosofía hermenéutica nos viene enseñando en estas últimas décadas: que no basta con entender una regla, que de hecho esa regla no se puede entender como algo desencarnado, más allá de sus casos de aplicación; sino que conocer una regla es solo saber aplicarla a cada caso concreto. Es decir, se trata de algo extraordinariamente difícil; pero en lo que podemos progresar si, como el padre Brown, aprendemos a captar a qué estamos jugando en cada caso concreto, y quiénes somos los que estamos jugando.

Por cierto, hablando de la clave  ¿cuál es?
En una historia de Chesterton, El secreto del padre Brown, le preguntan a nuestro pequeño clérigo que cómo ha hecho para resolver el difícil caso que se le planteaba. Este nos cuenta que lo ha podido resolver… porque él era el asesino. Inmediatamente pierden su comedimiento todos cuantos le rodean: ¿está hablando en serio el padre Brown? ¿Por qué bromea con algo así? ¿No querrá insinuar que, de veras, él es autor de algún tremebundo crimen? Nuestro personaje, entonces, calma clemente a su escandalizadita audiencia: tranquilos, él no llevó a cabo el crimen real, pero sí que fue capaz de ponerse en el lugar del asesino, de comprenderlo, hasta ser capaz de razonar como él. Esa otra forma de usar la razón, para entender las razones del otro desde el punto de vista del otro, tan distinta a la forma de usar la razón verbigracia en la ciencia, es la clave, es el secreto, como dice el título de ese relato chestertoniano, que nos propone el padre Brown.

Admin - 20:01:27 @ ENTREVISTAS