Círculo Holmes
               Asociación española de amigos de Sherlock Holmes

Bienvenido a nuestro cajón de sastre


Efectivamente, este es nuestro cajón de sastre. Aquí iremos poniendo todo aquello que no tenemos integrado en los demás menús. De momento podeis disfrutar de Entrevistas, Podcasts y Artículos que iremos colgando a medida que podamos. Ya podeis ir disfrutando de las buenas entrevistas realizadas por nuestro Jabez Wilson particular, Luís de Luís y de algunos podcasts que hemos recuperado por ahí, alguno de ellos realmente importante y difícil de conseguir. ¡Pasen y vean!

17.05.2017

Entrevista a Rodolfo Martínez

“Conan Doyle era un cabronazo, en el mejor sentido de la palabra”

La obra de Rodolfo Martínez (Asturias, 1965) por su personalidad y originalidad lleva décadas siendo una referencia en la literatura de género (o, mejor dicho, en la literatura) en castellano. Entre su amplia producción ocupa un lugar muy especial la tetralogía de títulos en torno a Sherlock Holmes : “La sabiduría de los muertos” ( 1996/2004); “Las huellas del poeta” (2005); “La boca del infierno” (2007) y “El heredero de Nadie” (2008).  Audaz, personal, distinta, disfrutable, vigente, clásica, … no dejó, no deja a nadie indiferente. A los veinte años de la publicación del primer libro del cuarteto Rodolfo Martínez reflexiona, en sincera y generosa conversación con el Círculo Holmes, sobre su (literaria y vital) experiencia holmesiana.

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Hace años me crucé contigo en el excelente blog de nuestro común amigo Carlos Díaz Maroto y conversamos sobre cómo, en cierta manera, tu Tetralogía holmesiana era literatura generacional. En ella pueden reconocerse las referencias de quienes fuimos a EGB y nos dio tiempo a vivir el tardo franquismo
Sin la menor duda. Es una reconstrucción y una fusión de los distintos universos narrativos de mi infancia.

En la Tetralogía se encuentran las novelas de Bruguera, los tebeos de Novaro, las Joyas Literarias Juveniles, los cines de barrio y los cines Bazooka, la televisión en blanco y negro, el mito de Casablanca, la serie de Peter Cushing los viernes por la noche y las del Oeste el sábado por la tarde…
A todo lo que has dicho habría que añadir los tebeos de superhéroes, las películas de artes marciales y, estoy seguro un montón de referencias más de las que ni siquiera soy consciente. Aunque espero (y, bueno, visto lo variado de la edad de mis lectores, creo que no hay problema) que su carácter de literatura generacional no la haga menos universal.

¿Eras consciente de ello al escribirlas?
Lo curioso de todo el asunto es que ni siquiera lo hice adrede, no fue una construcción deliberada, sino algo que fue surgiendo, especialmente a partir de la segunda novela, “Las huellas del poeta”, y no fui plenamente consciente de lo que estaba haciendo hasta bien avanzada la cuarta, “El heredero de Nadie”. Añadiría que fue una suerte hacerlo así, simplemente dejándome llevar por lo que me gustaba, me parecía apropiado y me pedía la historia en cada momento. De haberlo hecho de un modo deliberado creo que habría perdido frescura.

Aunque ya habías realizado una primera aproximación a Holmes reuniéndole con Drácula tu Summa Theologica holmesiana es la Tetralogía.
Mi Tetralogía holmesiana es, quizá, de toda mi obra la que más placer me ha producido a la hora de escribirla. En cierto modo estaba sacando a pasear al niño que fui, dándole vía libre y dejando que se divirtiera sin trabas.

Da la sensación que disfrutaste mucho escribiéndola
Soy de esos afortunados escritores que disfrutan del acto en sí de escribir. Conozco muchos (algunos excelentes escritores) que disfrutan con el proceso previo a la escritura (la creación de la trama, el mundo y los personajes, la planificación, la estructuración de la historia…) pero que cuando llega el momento de ponerse frente a la página en blanco y empezar a escribir lo pasan fatal, sufren, les cuesta trabajo. Para mí, en cambio, el estar frente al ordenador tecleando como un poseso mientras la historia va fluyendo de mis dedos a la pantalla, es quizá uno de los momentos más satisfactorios como escritor. Supongo que, en parte, tiene que ver con el hecho de que soy un escritor de brújula, más que de mapa: sé de dónde parto, tengo una idea de la dirección general que voy a seguir y suelo tener claro adónde quiero llegar, pero desconozco los detalles del viaje y no sé realmente lo que me voy a encontrar en él. Eso hace que el proceso de escritura lo sea también muchas veces de descubrimiento.

Las dos primeras novelas parecen, desde luego, escritas en un arrebato,
Es cierto que las dos primeras son quizá más “espontáneas”. Están escritas, en efecto, en un arrebato como has dicho tú mismo. Especialmente la primera, “La sabiduría de los muertos” que fue escrita en poco más de una semana totalmente febril en la que no podía parar de escribir. “Las huellas del poeta” está escrita de un modo más tranquilo, quizá, pero con el mismo espíritu de seguir adelante y ver qué pasa. La tercera y la cuarta fueron más meditadas.

La tercera es, entre otras cosas, un brillante ejercicio de estilo…
Y, especialmente la tercera, “La boca del infierno” fue una novela extraña, porque surgió a mi pesar. Me había planteado “El heredero de Nadie” como tercera y última novela del ciclo, pero una visita a Portugal me llevó a Boca de Infierno y a descubrir que Aleister Crowley había fingido allí su suicido. Antes de darme cuenta estaba pensando en las ramificaciones holmesianas del asunto y preguntándome cómo podía encajar eso en mi escenario. Fue difícil, pero también enormemente satisfactorio.

Las novelas están plagadas de disfrutes como la traducción del texto lovecraftiano…
Como te digo, estaba sacando a pasear mi niño interior y le permití disfrutar todo lo que quisiera. Es cierto que se me ha criticado el exceso de referencias que hay, sobre todo, en la segunda novela, pero es una crítica que no comparto. Una sola referencia, si no viene a cuento, puede ser excesiva. Dos millones de ellas, si están justificadas, nunca lo son. Y siempre he pensado que todas las referencias, guiños y, no sé si llamarlos homenajes, en mi ciclo holmesiano estaban perfectamente justificados. Claro que puedo equivocarme. Eso es algo que deben decidir los lectores, no yo.

O la narración, a semejanza de tu admirado Borges, de una fundación mítica de Gijón en “SH y las Huellas del poeta” que repetiste  en otra de sus novelas , los sicarios del cielo
Una vez más esa idea surgió del azar. En la segunda novela quería que los personajes se fueran a Asturias, pero no tenía completamente claro cómo conseguirlo. Necesitaba un motivo que tuviera sentido narrativamente y no daba con él. Fue mi amigo Javier Cuevas quien me señaló una tarde varios aspectos “curiosos” en la historia de Gijón, la ciudad asturiana donde vivo desde hace cuarenta y un años: cosas como su desaparición durante las guerras dinásticas de los Trastamara y su posterior refundación, su cambio de emplazamiento durante la época romana, el hecho de que a pesar de ser una ciudad costera, las incursiones vikingas siempre la pasaron de largo… Por supuesto, hay una explicación perfectamente racional, histórica y realista para cada uno de esos hechos, pero jugar a darles una explicación fantástica me divirtió mucho y me dio justo el motivo que necesitaba para que mis personajes se vinieran a Asturias.

Tu admiración por el autor argentino no es escasa…
Borges fue una influencia enorme para mí en mis años más tempranos, especialmente. Tendría quince años cuando leí por primera vez uno de sus relatos, “La casa de Asterión”, que estaba incluido en el libro de texto de literatura que usábamos en 2º de BUP. Fue como un mazazo, porque aunque llevaba tiempo leyendo ciencia ficción y fantasía, nunca había leído un relato fantástico como aquel. Cuando descubrí después cuentos como “La biblioteca de Babel”, “La lotería en Babilonia”, Pierre Menard, autor del Quijote”, “El acercamiento a Almotasim” o “Tlön, Uqbar, Orbis Tetius” fue increíble, fue descubrir un modo totalmente distinto de acercarse a la fantasía que me enseñó mucho sobre el modo de narrar. Borges y Cortázar han escrito, probablemente los mejores relatos fantásticos del pasado siglo; y aunque ambos tienen voces, estilos y puntos de vista muy diferentes, los dos comparten una cosa. Lo importante es, siempre, en cierto modo, el punto de vista, no el hecho fantástico que estás narrando, sino el modo en que te acercas. No lo que ves, sino cómo lo estás viendo, desde dónde lo estás viendo y con qué herramientas lo estás viendo.

Incluso te has atrevido a impostar su muy característica voz literaria…
He escrito varios relatos “borgianos” a lo largo de mi vida, algunos más satisfactorios y otros menos. Del que más contento estoy es “Hijos de la misma noche”: está escrito como si fuera un artículo de investigación académica en el que un profesor universitario de literatura descubre que Borges y Lovecraft se conocieron y que ambos leyeron el Necronomicon y que eso, de alguna forma, pasó a la obra de ambos. Como ves, muy borgiano.

Por otra parte, Borges es una influencia de doble filo, muchos autores y lectores, no se reponen a su  personalidad literaria…
Borges es difícil no porque sea complicado de leer o enrevesado. Es cierto que sus relatos tienen múltiples niveles de lectura, pero el nivel más inmediato, el más superficial, es accesible a todo el mundo. Supongo que el problema de Borges para algunos es su excesiva intelectualidad, su racionalidad: nunca se acerca a los relatos desde una perspectiva emocional, siempre son juegos puramente intelectuales en los que la razón está por encima de la emoción. Comprendo que eso pueda hacer que muchos rechacen sus relatos.

Hay a quien le pasa con su poesía…
A mí sin ir más lejos ; es demasiado intelectual para mi gusto personal; siempre he preferido la poesía que intenta transmitir emociones y emociona al lector, que no es el caso de Borges poeta. Pero lo que para mí es un obstáculo en su poesía, es un aliciente en su narrativa: el puro juego intelectual no solo no me repele, sino que me resulta fascinante.

¿Tu devoción por Borges es comparable a la que tienes por Julio Verne?
Sí… y no. Es cierto que me gusta Verne. También lo es que, curiosamente, prefiero sus novelas puramente de aventuras (“La vuelta al mundo en 80 días” o “Miguel Strogoff”, por ejemplo) a su ciencia ficción, lo que no deja de ser raro, siendo como soy escritor de ciencia ficción, sobre todo. Y no es mi escritor favorito del siglo XIX. Para mí el panteón de ese siglo lo componen Conan Doyle, H. G. Wells y Alejandro Dumas.

Aunque “La isla misteriosa” juega un importante papel en “El heredero de nadie”. De hecho, te das el gusto de narrarla, contarla y explicarla…
Una las novelas-fetiche de mi infancia es “La isla misteriosa” y , aún hoy ,cuando la releo sigue fascinándome. En parte porque fue la primera novela “completa” (es decir, no era una versión resumida y expurgada para jóvenes) que leí. Pero también porque, narices, me parece una novela modélica en casi todos los aspectos. Y, por qué no, porque en ella sienta las bases (con dos o tres detalles) para algo que es muy habitual en la ciencia ficción y fantasía posteriores: el universo común, un escenario que un autor (o varios, a veces) usan como fondo para su creación. Porque “La isla misteriosa” continúa, en cierto modo. “20.000 leguas de viaje submarino” y también “Los hijos del capitán Grant”.

Policiaco, aventura, fantasía, ciencia ficción, espionaje, intertextualidad, etc, varios géneros conviven en las páginas de la Tetralogía que se pueden reducir a uno sólo: la aventura en todas sus facetas…
Sin la menor duda. Yo suelo decir “literatura de género”, lo que es la literatura popular, la que nace y se desarrolla en el siglo XIX en revistas y publicaciones periódicas y que tiene como objetico un público eminentemente popular: el folletín, las novelas por entregas, las revistas pulp, las literatura de quiosco…

La literatura basura, vamos
Si, tradicionalmente ha sido despreciada por los académicos y considerada subliteratura muchas veces, sin embargo para mí es el último refugio del buen narrador, del cuenta cuentos, de la persona que pretende agarrar al lector bien fuerte al principio de la historia y no soltarlo hasta el final. Por suerte esa visión académica ha cambiado hace muchos años en el mundo anglosajón y está cambiando en España en los últimos tiempos, gracias a la labor de personas como el doctor Fernando Ángel Moreno, por ejemplo. La idea de que hay “gran literatura” y “subliteratura” empieza a mostrarse como la falacia que es.

Hay mucho de novela de iniciación en la Tetralogía aunque, de hecho, en cierto sentido, todo novela de aventura lo sea…
Toda novela es, en cierto modo, un viaje. A menudo un viaje de descubrimiento. Puede ser de descubrimiento personal o descubrimiento de algo ajeno a uno mismo… aunque en el último caso se trata también de un viaje de descubrimiento personal.  He dicho “toda novela” y quizá he dicho mal. Tal vez debería haber dicho “toda novela que me guste”. Pero bueno, no vamos a entrar en matices ahora.

Has dicho “en toda novela que me guste” ¿ Y en toda novela que escribes?
Si analizas de cerca la mayor parte de mis novela verás que todas están montadas sobre una estructura bastante similar y que esa estructura no es otra que la del thriller, la novela de intriga y misterio. ¿Por qué? No lo sé. Pero lo cierto es que, una y otra vez, mis novelas, estructuralmente hablando, son el planteamiento inicial de un misterio y el viaje que se sigue hasta su resolución.

¿De dónde viene esa influencia?
Tal vez de Isaac Asimov, otro de los escritores fundamentales de mis primeros años, que siempre vertebró así sus novelas. Algo que, inconscientemente, he heredado, quizá.

Una constante en toda la Tetralogía es el “sentido de asombro”, el “sentido de maravilla”, ese que se tiene cuando se descubre la literatura…
Para mí el sentido de la maravilla es fundamental. Es lo que me llevó a leer ciencia ficción, quizá la literatura que mejor ha sabido expresar lo que Julián Díez llama el “efecto ¡atiza!”, ese momento en que te quedas boquiabierto, con la mirada perdida y exclamas “¡atiza!” (o algo más contundente) porque lo que acabas de leer/ver/oír te ha reventado la cabeza. Es como una epifanía, en cierto modo.

Tienes una auténtica preocupación por las voces de los narradores
Para mí las voces narrativas siempre han sido algo fundamental. De un modo instintivo cuando empezaba a escribir: tenía doce años y muchas cosas ni me las planteaba conscientemente, pero sí que sabía que este relato pedía una voz en primera persona y aquel otro uno en tercera, por ejemplo. No sabía por qué, pero sabía que tenía que ser así.

¿No te lo planteaste conscientemente?
Con el tiempo. Sobre todo a raíz de una conversación con Elia Barceló donde ella me comentó que nunca empezaba a escribir nada hasta no tener claro del todo quién contaba la historia. Eso me hizo reflexionar, porque mi primera reacción fue pensar “¿es tan importante el narrador?”, para enseguida darme cuenta de que sí, de que es fundamental saber quién está contando la historia. Fundamental para el autor, claro, el lector no tiene por qué saberlo.

Pones un cuidado especial en las técnicas narrativas: utilizas flashbacks, narración oral, tiempos alternos, juegos cronológicos…
Cualquier cosa que esté al servicio de la historia, la haga más interesante y la fije con más contundencia a la mente del lector. Me encanta jugar con el estilo (ahí tienes mi novela corta “Un agujero por donde se cuela la lluvia” o, más recientemente, mi novela “Sondela”) pero nunca he soportado los ejercicios estilísticos vacíos, la pura experimentación por el simple afán de experimentar. Siempre he pensado que todo lo que pones en el papel debe estar al servicio de la historia; el estilo es tu herramienta y la función de la herramienta es crear la mejor historia posible contada de la mejor forma posible. Nunca debe ser un fin en sí mismo, eso es tan absurdo como si lo importante fuera el cincel y el martillo y no la escultura que se crea con ellos.

¿Así que no eres un estilista?
Me temo que no. Sé que otros escritores no compartan esa forma mía de ver las cosas… Cuentan, por supuesto, con todo mi respeto. Tanto, de hecho, que procuro mantenerme alejado de su obra todo lo que puedo.

Un sector del público y de la crítica te consideró, con “La sabiduría de los muertos”, la Gran Esperanza Blanca  del holmesianismo hispánico.
“La sabiduría de los muertos” es una novela muy canónica en su planteamiento y en el modo en que está contada: usé la voz del doctor Watson, la ambienté en el siglo XIX inglés, incluso resolvía en parte qué había hecho Holmes durante el Gran Hiato… Es, en cierto modo un capricho personal; quería meterme en la piel de Watson y usar su voz y mirar a Holmes como él lo miraba.

Y solucionas, de una tacada y como quien no quiere la cosa, tres casos enunciados en “El puente de Thor” que habían “atormentado” a la afición desde toda la vida…
Cuando estaba escribiendo “La sabiduría de los muertos” tuve claro que quería hacer mi pequeña aportación al asunto y resolver esos famosos tres misterios: el de James Phillimore y su paraguas, el de Isadora Persano y su caja de cerillas con gusano, y el del balandro Alicia y su banco de niebla. Fue muy divertido encontrar el lugar de la historia en la que encajar cada uno. Fue una de esas ocurrencias repentinas y felices. Siempre he recordado esos tres casos, desde que leí el relato de Conan Doyle, especialmente aquella referencia al “gusano desconocido para la ciencia”.

Al que encuentras una raza…
Lógicamente, al ser una historia donde Holmes se enfrentaba a elementos lovecraftianos, enseguida se me hizo evidente que el famoso “gusano desconocido para la ciencia” tenía que ser alguna criatura de las creadas por Lovecraft. Recordé los “dholes”, me pareció que encajaban con el asunto (entre otras cosas gracias al afortunado hecho de que Lovecraft nunca los describe) y decidí usarlos.

Y una identidad de acuerdo con los establecido por el ilustre naturalisata, el reverendo Charles Lutwidge Dodgson…
La conexión carrolliana fue más fácil aún. Dado que iba a aparecer un balandro de nombre Alicia, era inmediata la conexión con “Alicia en el país de las maravillas”… o para ser exactos con “A través del espejo”, su continuación, que siempre me gustó más que el primer libro (supongo que por todo lo que tiene de juego lógico con estructura de partida de ajedrez). Pensar en “A través del espejo” me llevó, por supuesto, al Jaberrwocky y de ahí a suponer que el dhole y el Jabberwocky eran uno lo mismo, solo había un paso.Fue elemental, podríamos decir.

Y es que los casos citados y no contados son una de los rasgos más característicos del Canon…
 Conan Doyle era un cabronazo, en el mejor sentido de la palabra, y creo que lo pasaba de miedo llenando el canon holmesiano de referencias crípticas que volvían locos a los fans. Era parte del juego. Recordemos aquel caso en el que Holmes averiguó la identidad del asesino gracias a, si no me falla la memoria, “la velocidad a la que se hundía el perejil en la mantequilla en un día de calor.” No sé si era consciente del juego que estaba creando, de cómo los holmesianos se pasarían el siglo y pico siguiente tratando de encontrarles sentido a todas esas referencias. Quizá no, pero estoy seguro de que se tuvo que divertir mucho inventando todas esas referencias.

Con “Sherlock Holmes Las huellas del poeta”, sin embargo, ese mismo sector te pasó a considerar un peligroso orate
Sabía que “Las huellas del poeta” no iba a gustar entre los holmesianos tanto como había gustado “La sabiduría de los muertos”. Lo supe desde el momento en que situé la novela en la Guerra Civil española y decidí que fuera William Hudson, y no el doctor Watson, el narrador. Me estaba apartando demasiado de los elementos canónicos, de la iconografía habitual del personaje, para el gusto de los puristas y era consciente de ello.

Incluso lo reflejas en la novela. Te cito : “Esto es descabellado, me decía   mientras escribía la escena. Me he pasado cuatro pueblos, pensaba. Pero cuanto más vueltas le daba, más me gustaba. Más parecía encajar. De hecho, las piezas parecían encajar por si solas en muchos aspectos”. Parece que se adelantaba a la reacción del público a algunas de sus decisiones ( el abuelo de Hudson , el asesino de Wiggins) que fueron tomadas como una extravagancia o una broma o un dislate…
Igual que lo era de que al llegar cierto momento, con la aparición de cierto personaje de nombre Kent, muchos iban a cerrar la novela, directamente, y considerar que les estaba tomando el pelo.Cuando se me ocurre que Kent pase, de ser un simple cameo, a tener peso en la historia tengo un momento de pánico. Me paro a pensar, me pregunto a mí mismo si no estaré yendo demasiado lejos. Pero la respuesta que me doy es que no, que encaja perfectamente en lo que estoy contando, que tiene sentido y que viene a cuento. Sabía que habría una parte del público que no lo entendería, al que no le iba a gustar, pero sabía también que esa era la novela que quería escribir y no otra, con esos elementos y no otros, narrada de esa forma y no otra. Era la que como escritor me satisfacía y era la que, como lector, quería leer.

Y tiraste para adelante…
Dudé mucho tiempo, créeme y seguí  por el mismo motivo por el que hago cualquier otra cosa cuando escribo: me parece apropiado, tiene sentido narrativo y la historia me lo está pidiendo. Puedo equivocarme, como todo hijo de vecino, es cierto, pero nunca intento tomarle el pelo al lector. Si algo está en la novela es porque considero que debe estar ahí, que ayuda a que sea mejor y más redonda, no por ningún otro motivo.

Nadie puede acusarte de repetirte…
A lo que no estaba dispuesto era a limitarme a hacer más de lo mismo. Uno de los motivos por los que escribo (y uno de los más importantes) es porque me divierte hacerlo, es la segunda cosa condenadamente más divertida y placentera del mundo —y la primera cansa bastante y se suda mucho—. Y lo que no tiene nada de divertido y placentero, al menos para mí, es repetir algo.  Sabía que, si seguía escribiendo sobre Holmes no sería para hacer eso mismo de nuevo. Ya lo había hecho una vez. Suficiente. Si iba a seguir con el personaje, necesitaba acercarme a él desde otro ángulo, desde otra perspectiva. Sabía que eso me restaría lectores entre el núcleo más duro de los holmesianos, pero tampoco podía traicionarme a mí mismo como escritor.

¿Mereció la pena?
Estoy muy satisfecho con “Las huellas del poeta”. Creo que literariamente está entre lo mejor que he escrito. Lamento que muchos lectores no hayan podido o querido seguirme al lugar al que los llevaba, pero era el lugar al que tenía que ir, no podía ser de otro modo.

En “Las huellas del poeta” utilizas el grupo de héroes clásico en el que cada uno lleva a cabo su rol, No pude evitar acordarme de los 4  fantásticos : Holmes ( Reed Richards), Carmen ( Sue Richards) ; Hudson ( La Antorcha) y Rick Blaine ( La Cosa)
Pues mira, confieso que nunca lo había pensado. No es descabellado, sin embargo. Soy fan de los comics Marvel desde que tenía ocho o diez años, allá por mediados de los setenta, y la influencia del cómic de superhéroes en lo que escribo es mayor de lo que parece. A menudo está soterrada o disfrazada, pero está ahí. Que la primera familia del universo Marvel fuera el modelo inconsciente que seguí en este caso no sería raro. Pero de ser así, la culpa es de mi subconsciente.

También practicas la intertextualidad con la extraordinaria “Elemental querido Chaplin”
Fue una forma de darle las gracias porque en parte fue la lectura de su novela, que Rafa me mandó cuando aún estaba inédita, la que me empujó a querer seguir escribiendo sobre Sherlock Holmes. En aquel momento estaba revisando “La sabiduría de los muertos” para su edición en Bibliópolis (hablamos de 2004, casi diez años después de la primera edición de 1996) y se me ocurrió reflejar el incidente de Wiggins en el fumadero de opio que Rafa contaba en su novela. Me venía bien, pues había tenido lugar en 1895, como mi novela, y me pareció lógico que Wiggins mostrase las secuelas de lo ocurrido allí…

La novela de Marín es el volumen inicial (y por ahora único) de una serie inconclusa…
Es una pena, por otro lado, que la saga de Rafa se quedase en esa única novela. Sé que su idea original era combinar a Chaplin en cada novela con un detective de ficción distinto, y estoy seguro de que el resultado habría sido magnífico. Pero estas cosas pasan, qué le vamos a hacer, te planteas una serie y al final, por lo que sea, no llega a buen puerto.

En la Tetralogía también utilizas la técnica de la  metaliteratura incluyéndose en los textos como traductor de los mismos…
Bueno, ahí, creo que me limité a seguir el juego habitual en los pastiches holmesianos. Generalmente en ellos el autor ha encontrado de forma misteriosa un manuscrito inédito de Watson que ha editado. Llevé el juego un paso más allá, al fingir que traducía el manuscrito de Watson al castellano.

¿Solo un paso?
Bueno, la broma se fue complicando a medida que lo hacían las novelas e iban usando distintos narradores y diferentes puntos de vista. Me lo pasé muy bien “reconstruyendo hacia atrás” las cosas, por así decir y tratando de inferir cómo lo habría hecho realmente un traductor y de qué material habría partido para obtener ese resultado.  El guiño final, claro, fue esa coda titulada “Naturalmente, un encuentro”, referencia al “Naturalmente, un manuscrito” con el que Umberto Eco abre “El nombre de la rosa”, otra intertextualidad más para la colección. Y es que ya lo decía el propio Eco: “los libros siempre hablan de otros libros y cada historia cuenta una historia que ya se ha contado”.

Hasta te da una vuelta por la Boca del Infierno…
Si, en ese fragmento incluido en “La boca del infierno” aparezco yo mismo de visita en Portugal, invitado a un congreso de fantasía en Lisboa a raíz de la traducción al portugués de “La sabiduría de los muertos” y mi editor portugués me lleva a conocer Boca do Inferno. Todo eso es estrictamente real: allí estábamos Luis Corte, mi editor portugués, Felicidad Martínez, León Arsenal, Christopher Priest y yo mismo.

… y hablas con el Hijo de Adán
En medio de esa descripción de algo puramente real, que pasó, introduzco a Shamael Adamson dándome el último grupo de manuscritos holmesianos. Y, de paso, diciendo unas cuantas cosas no muy agradables sobre mí. Fue una especie de chiste personal, de broma contra mí mismo; y al mismo tiempo, un juego metaliterario que, es mi impresión, ayudaba a mantener la plausibilidad de lo que estaba escribiendo.

“La boca del infierno” es el libro más introspectivo de la saga. El peso de la narrativa recae en los personajes, en su manera de asumirse, en su manera de rebelarse…
Es quizá la novela más extraña de las cuatro, en el sentido de que narra hechos acontecidos antes, durante y después de “Las huellas del poeta” y relacionados con ella. En cierto modo es una mirada “entre bastidores” a la anterior novela. Al mismo tiempo, anticipa la siguiente, “El heredero de Nadie”. Y, de paso, me permite encajar mejor la figura de Adamson en el escenario que estoy construyendo en estas novelas. Más que una única historia son tres relatos interconectados con diferentes personajes (aunque Holmes está presente en todos) y distintos tonos.

Watson vuelve a narrar…
En “La aventura de la Boca del Infierno” vuelvo en cierto modo al Holmes canónico. Watson es de nuevo el narrador. Solo que es un Watson de ochenta y pico años, ya no es el mismo que era cuando narraba las aventuras de su amigo y reflexiona sobre asuntos que antes ni habría mencionado. Me gustó mucho ver ese Watson viejo pero aún vital al que el tiempo y la experiencia lo han hecho más listo que su viejo amigo el detective, en ciertos aspectos. También me permitió jugar a hacer una narración en dos capas, porque Watson nos cuenta una historia que, a su vez, Holmes le está contando…

Kent se analiza…
En la “La batalla interminable” me permitía volver sobre la figura de Kent y explicar mejor su origen y su personalidad, el por qué es como es y siente lo que siente. Es una parte muy pulp en la que una historia de superhéroes se mezcla con una conspiración global y está llena de deus ex machina por todas partes.

Y un William Hudson tardío reaparece…
En “Retorno a la Boca del infierno” es quizá donde soy más reflexivo. De nuevo uso como narrador a William Hudson, igual que en “Las huellas del poeta”, pero es un Hudson algo más desengañado de la vida y algo más triste.

Es un libro heterogéneo…
Si, la novela está creada con elementos muy disímiles y tratar de ensamblarlo todo creando algo que tuviera unidad por sí mismo que se pudiera leer de forma independiente fue quizá lo más difícil que tuve que hacer en estas cuatro novelas. Pese a todo, estoy satisfecho con el resultado. Y creo también que era una novela necesaria, que sin ella mi ciclo holmesiano se quedaría cojo y no estaría completo.

Los  monólogos de Wiggins son uno de los rasgos más relevantes de la Tetralogía…
Esos monólogos fueron quizá las partes más intensas emocionalmente de la novela, las que más agotado me dejaron al escribirlas. En “las huellas del Poeta” r veíamos lo que hacía y no sabíamos por qué, realmente, qué pasaba por su cabeza. “La boca del infierno” me permitió mostrar todo eso; y además en prólogo, epílogo e interludios me asomé su mente y traté de comprenderle. Una mente partida en dos y al mismo tiempo poseída por una tercera entidad. ¿Cómo piensa alguien así, cómo ve el mundo, qué siente?

Ha cuidado y mimado mucho el personaje de Wiggins: atormentado, solo , sin lugar ni descanso
Desde el “cruce” con la novela de Marín me decidí dedicarle más atención a Wiggins como personaje y a darle mayor papel en las siguientes novelas. Wiggins, una vez que decido su destino, es claramente una figura trágica.

Anni Jaeger es un personaje realmente atractivo que, crece y crece hasta ganarse su lugar en la novela. 
Lo es… y curiosamente, se fue convirtiendo por sí misma casi en el hilo conductor de la tercera novela (es el único personaje, junto con Holmes y Adamson, presente en las tres partes del libro), sin que yo tuviera que tomar muchas decisiones, al menos conscientemente, al respecto. Es un personaje histórico, fue amante de Crowley por la época en la que este fue a Portugal. No se sabía mucho de ella y eso me permitió jugar bastante con el personaje y construirlo a mi gusto, siempre procurando ser coherente con los datos que tenía. Me pregunté cómo sería una mujer así, sobre todo en aquella época. No fue difícil verla como alguien fuerte, decidida, independiente, con firmes opiniones y sin ganas de contemporizar con los machos. Me gustó desde el primer momento.

 Antes has citado a Shamael Ademason, un tipo (por así decirlo) irónico y humano, haciendo las veces de (valga la gracieta ) deus ex – machina , ese personaje es un hallazgo…
Ah, Adamson. Un personaje que, de un modo u otro, he usado en buena parte de mi obra. Aparece fugazmente en “Los sicarios del cielo” (“Este incómodo ropaje”, en la nueva edición). Se lo puede ver también en “Territorio de pesadumbre”. Y, por supuesto, está muy presente en mi ciclo holmesiano.

El personaje suena a “Sandman”…
La ”culpa” de todo, no creo que le sorprenda nadie, es de Neil Gaiman. Ese Lucifer que, en cierto momento, decide que está harto, cierra el infierno y se larga en plan “ahí os pudráis todos, que yo no quiero saber nada de esta movida” me fascinó desde el primer momento. Unamos a eso mi fascinación por Lucifer como personaje, que ya me viene de lejos; de la infancia, concretamente, de una lectura atenta de ciertas partes de la Biblia y de darme cuenta de cómo Lucifer es, en realidad, una figura prometeica y que es él, y no Dios, quien le da a los humanos el libre albedrío. Era inevitable que apareciera antes o después en lo que escribo.

Así lo entendía Emmanuel Swendenborg , a quien defines como “el único hombre que supo ver la verdad”,
Evidentemente, la idea de Swedenborg de que el libre albedrío perdura después de la muerte y que somos nosotros los que escogemos libremente el cielo o el infierno me resultó fascinante, tanto estética como narrativamente. Supongo que se lo debió de resultar a Gaiman también, porque usa esa misma idea en “Sandman”.

Swedenborg es otro vínculo con Borges quien le admiraba…
 De hecho, si conozco su pensamiento es gracias a Borges, así que el vínculo no puede ser mayor

Adamson es otro personaje que crece hasta hacerse imprescindible y creíble…
Aparece en la primera novela casi de refilón. Juega un papel importante, pero es poco lo que se sabe de él. En la segunda novela es obviado casi por completo. Para ese momento había creado una cosmogonía partiendo de los mitos lovecraftianos en la que Adamson, como figura procedente de los mitos judeo-cristianos, no acababa de tener cabida. De ahí que Holmes lo mencione de pasada una única vez y trate de no darle demasiada importancia. Para cuando me pongo con “La boca del infierno”, sin embargo, ya tengo claro cómo hacer encajar a Adamson en el escenario y, de hecho, esa es una de las motivaciones que me llevan a escribir la novela…

Las novelas de John Le Carré, cuajadas de melancolía y lucidez, son otra de la fuentes de la Tetralogía…
Le Carré es uno de mis autores de cabecera desde que leí con unos diecisiete años “El espía que surgió del frío”. En realidad desde antes, aunque yo no lo sabía, porque había visto en su momento la serie que la BBC hizo adaptando “El topo” en la que Alec Guinness encarnaba a George Smiley. Por cierto, tengo que confesar que aunque como adaptaciones tanto esa serie como su continuación, “Los hombres de Smiley”, me parecen modélicas, la interpretación minimalista y magistral que hace Gary Oldman de Smiley en la nueva versión de “El topo” me parece para quitarse el sombrero.
Creo que pocos como él han sido capaz de diseccionar el modo de ser británico y sus novelas de espías… bueno para mí son LAS novelas de espías. Todo lo demás me parece una pálida copia.
Un momento, me dirás, ¿qué pasa con James Bond? Sí, porque soy un bondiano de pro, como sabrá cualquiera que se haya leído, por ejemplo “El adepto de la Reina”. Digamos que las novelas de Fleming me gustan, y me resultan divertidas, pero a la postre acabo recordando más el personaje que las novelas en sí. Para mí Le Carré juega en otra liga y si con el tiempo no es considerado uno de los principales narradores ingleses del siglo XX es que no hay justicia en este mundo. Era inevitable que algunas de las creaciones de Le Carré se dejaran ver por mi obra, me temo.

Es curioso que, con la unión de los mundos de Holmes y Lovecraft, te anticipaste a toda una reciente moda o costumbre en la literatura fantástica…
Je, es algo que siempre me ha hecho mucha gracia. Escribí “La sabiduría de los muertos” en 1993 y la publiqué en 1996, mucho antes de que estas cosas se pusieran de moda. De hecho, hay lectores que no saben eso y que me han acusado de subirme al carro a posteriori, o incluso de copiar a Gaiman y su “Estudio en esmeralda”. En fin, esas cosas pasan. Holmes y las creaciones de Lovecraft están conmigo desde mi niñez. Era inevitable que me acercase a ellas tarde o temprano y fue casual que las uniera en una novela. Lo que menos podía suponer yo es que años más tarde eso se pondría de moda.

Ningún personaje más trágico que Nemo, en cierto sentido, el verdadero protagonista de la saga…
No diría tanto “el verdadero protagonista”, pero sí una figura importante… tanto para la historia como para el propio Holmes como personaje, ya que lo conocerá en su juventud, cuando aún no es del todo Sherlock Holmes, o al menos el Sherlock Holmes que conocemos. Y sí, es una figura trágica, quizá uno de los mejores personajes vernianos. Cuando lo conocemos en “20.000 leguas de viaje submarino” es hosco, autoritario, vengativo… Pero cuando volvemos a verlo en “La isla misteriosa” en sus últimos días y conocemos su historia no podemos evitar empatizar con él y comprenderlo.

No hemos hablado de tu Sherlock Holmes que tiene un brillo irónico en la mirada, es comprensivo, compasivo y juicioso con las debilidades humanas
Nada que no esté en el Canon, en realidad. Quizá soterrado y no muy evidente, pero el Sherlock Holmes de Conan Doyle es así. Sus momentos socarrones e irónicos están repartidos por todo el canon y cada vez que ve el abuso de alguien con poder sobre otra persona que depende de él reacciona de forma apasionada e inmediata poniéndose de parte del más débil. Recordemos “Un caso de identidad” o “El problema del puente de Thor”, por ejemplo. En el primer relato está a punto de darle una buena zurra al padrastro de su cliente; en el segundo reacciona de forma muy evidente cuando comprender que el millonario que le contrata se ha aprovechado de su posición de poder para intentar seducir a la institutriz de sus hijos. No son casos aislados: Holmes nunca ha podido soportar a los matones y siempre se pone de parte del débil.

Y eso está en el Canon
Si. Ese es mi Holmes. Un cúmulo de contradicciones, como cualquier persona viva. Es lo que hace grande al personaje: tan pronto puede ser un misógino insufrible como un hombre compasivo, un tipo pagado de sí mismo que no soporta que otros antepongan sus intereses a los suyos como alguien irónico que no se toma a sí mismo demasiado en serio… Es mi Holmes, y creo sinceramente que también es el de Conan Doyle.

No es el Holmes standard  que espera el público generalista que le conoce por el cine o la televisión
El cine, claro, se ha quedado con ciertos elementos de su personalidad: la altivez, la inteligencia, la soberbia… elementos que están ahí, el personaje los tiene, sin duda. Pero ha obviado otros que son igualmente importantes para definirlo y su compasión, su empatía por los débiles, me parece un elemento fundamental de su carácter.

Pon cara a tu Holmes…
Pues quizá por eso me gusta tanto el Holmes interpretado por Christopher Plummer en “Asesinato por decreto”, ese Holmes que tras la patética entrevista con Annie Crook suelta una lágrima y que cuando se enfrenta con el primer ministro por lo ocurrido lo hace con rabia, erigiéndose en campeón del débil contra el poderoso.

La segunda parte de “El heredero de nadie” con su novela del oeste protagonizada por John Wayne y Robert Mitchum, es todo un homenaje al western, al bromance y a Howard Hawks y cumple y, en el mejor sentido de la palabra ,lleva a cabo, todos los tópicos del género…
Siempre he querido escribir un western, y la segunda parte de “El heredero de Nadie” me dio esa oportunidad. No hace falta decir que disfruté como pocas veces mientras lo escribía. Soy fan del western desde que tengo memoria. Primero en el cine, ya fuera con el western clásico de Hollywood, el spagueti western de Leone y otros y el americano de los años setenta y posteriores (especialmente el gran Clint Eastwood con obras maestras como “Joshie Wells”, “El jinete pálido” o “Sin perdón”). También en la literatura, siendo muy niño por las novelas de Marcial Lafuente Estefanía, del que mi abuela era una enorme fan y, luego, las de Zane Grey.

Sherlock Holmes aparece como un novato, un “pie tierno”
Si, además, el western  me permitía mostrar una nueva faceta de Holmes. Había tratado al personaje en su madurez en “La sabiduría de los muertos” y en su vejez en “Las huellas del poeta” y “La boca del infierno”. Mostrarlo ahora en su juventud justo antes de convertirse en el detective que todos conocemos y, de paso, ir viendo cómo va dando los pasos para ser esa persona era un reto al que no me podía resistir.

Una de las constantes de la Tetralogía es la reflexión sobre el poder…
Me gusta pensar que lo que escribo, además de resultar entretenido y placentero para el lector, le aporta también elementos de reflexión, le hace plantearse preguntas y no dar por sentadas ciertas cosas. Sin duda hay mucho de reflexión sobre el poder, sobre todo en la última novela, igual que lo hay sobre el significado de la amistad, lo absurdo de las guerras (donde los viejos y ricos se quedan en casa y mandan a morir a los jóvenes y pobres)  y, espero, muchas otras cosas.

Y sobre el superhombre y su papel…  la sombra de Nietzsche es alargada
En mi caso, la sombra alargada es directamente la de Superman. Siempre ha sido mi personaje de cómic favorito. Es un poco incomprensible porque el Superman de los comics cuando yo era niño es un personaje muy tonto, con historias bastante ridículas en general. Hablo del Superman de los años 50 y 60. Pero algo debí de verle porque a pesar de todo eso, siguió siendo mi personaje de cómic favorito. En mi infancia vivía en una contradicción extraña en la que mi universo tebeístico favorito era el de Marvel, pero mi personaje fetiche era Superman.

Es un personaje muy difícil de tratar literariamente
Sigo pensando que el personaje tiene un gran potencial, el potencial para convertirse en todo lo de bueno y grande que hay en nosotros. ¿No es irónico que el icono de las mejores cualidades de la humanidad sea un alienígena, un extraterrestre? ¿Qué nos dice eso de nosotros mismos?

Los aficionados de primera hora de los superhéroes, mucho, mucho antes de Alan Moore y Frank Miller, disfrutábamos con una relación Batman/ Superman mucho menos tortuosa que la que vino después. Al fín y al cabo eran los “World ´s finest”, los Mejores del Mundo.
Sí, siempre tuve claro que Superman y Batman eran los mejores amigos del mundo. Son Apolo y Hades, la luz y las tinieblas y se necesitan el uno al otro. Su amistad no puede ser la amistad ingenua anterior a “Crisis en Tierras Infinitas”, por supuesto, una amistad de invitarse mutuamente a los cumpleaños y compartir alegremente aventuras. Es una amistad matizada por sus personalidades, no exenta de problemas pero siempre basada en el respeto. De hecho podríamos decir que en cierto modo Superman, o más exactamente Clark, es el ancla de Bruce Wayne a la humanidad, algo que algunos  comics han sabido reflejar muy bien (recuerdo un momento donde Batman, como a regañadientes, reconoce que, de toda la Liga de la Justicia, Clark es el más cercano a la humanidad). Y, por encima de todo, el respeto. Cuando Superman recupera el anillo de kryptonita que usaba Luthor (hablo de los tebeos de los años 90, poco después de la marcha de John Bryne de la serie) se lo da a Batman, porque es la única persona en el mundo en la que confía lo suficiente. Confía en que, si llega el caso y es necesario, usará el anillo contra él. Eso es un amigo, sin duda.

Te  has dado el lujo de recrear esa relación…
He intentado reflejar esa amistad en mis novelas, siempre teniendo presente que es una amistad con luces y sombras. Usando como modelo la amistad clásica entre ambos personajes, cierto, pero también las aportaciones de gente como Alan Moore (sus tres historias de Superman son brillantes, Moore conoce, comprende y ama el personaje como nadie) o incluso Miller.

Tu Supermán no vuela, salta y es un chico de granja, inocente e ingenuo,  el de siempre, vamos
No diría yo “el de siempre”, sino el de los primeros años. Superman aparece en 1938 y es cierto que al principio no vuela, solo salta muy alto. Sería la serie animación de los estudios Fleischer la que lo haría volar. Y eso es en 1940. Dos años, como ves. Poco tiempo comparado con los más de 78 que tiene el personaje.
De hecho, el Superman de los primeros años no es el defensor del stablishment siempre dispuesto a salvar la tierra y bajar gatos de los árboles que luego veríamos. Es un personaje bastante más outsider, un justiciero, un “vigilante” como dicen los yanquis. Pero es cierto que la evolución del personaje se produce muy rápido y enseguida se convierte en personaje intachable al que todos adoran y que nadie cuestiona.

¿Es más Kent que superhombre?
Lo de “más Kent que Superhombre” tampoco es un rasgo muy de la etapa clásica, en realidad, donde Clark es poco más que un disfraz que Superman usa para tener intimidad. Recordemos el discurso que suelta David Carradine sobre Superman en “Kill Bill 2”, que retrata muy bien el Superman clásico… y de paso demuestra que Tarantino no se ha leído ni un puñetero tebeo de Superman en los últimos treinta años o así.
Digo eso porque para mí el que realmente humaniza a Superman y convierte a Clark Kent un personaje real es John Byrne en su relanzamiento del personaje a mediados de los ochenta. Superman no existe: solo es el traje que Clark se pone cuando tiene que salvar a alguien, que es justo lo contrario de lo que pasaba en la etapa clásica. Siempre me pareció un gran acierto por parte de Byrne. Bryne confiesa que se basó en el Clark Kent que George Reeves interpretó en la serie de televisión del personaje allá por los sesenta. Lo cierto es que la interpretación de Reeves de Clark Kent en esa serie es de lo poco que justificar verla hoy en día.
Y así es como veo yo a Superman: el personaje real es Clark, el niño de granja educado por rednecks de Kansas con sólidos valores morales y que valora la vida por encima de todo. Superman es el traje que se pone cuando salva el mundo, pero lo que de verdad le gusta es ser periodista… y novelista, por cierto. No olvidemos que en la etapa de Byrne Clark Kent escribió varias novelas. Otro de los grandes aciertos de Byrne es la decisión que Superman toma de conquistar a Lois como Clark, no como Superman. Es decir, quiere que Lois le quiera por sí mismo, por ser Clark Kent, el tipo amistoso, de fiar y encantador de un pueblecito del medio oeste americano, no el semidiós que cambia el curso de los ríos con la mirada y mueve continentes de sitio de una patada.
Lo cual me lleva a un momento de Sandman, concretamente al funeral de Morfeo, al que se supone que acude el universo entero en sueños. Allí vemos a Superman y Batman… o más exactamente a Clark y Batman. Ambos están soñando y ambos aparecen como se ven a sí mismos: uno como el humano y el otro como el justiciero enmascarado. Es decir en un caso la persona real es Clark y el disfraz Superman, y en el otro justamente al contrario, Batman es la persona y Bruce el disfraz. Un momento brillante de Gaiman de los muchos que tiene en sus comics.  Lástima que la literatura puramente escrita fuera del ámbito del cómico no se le dé tan bien.

Tu Batman no es el psicópata obsesivo en el que se convirtió o le convirtieron sino un hombre dedicado y compasivo, el de siempre, vaya…
Nunca he visto a Batman como un psicópata. Es un hombre torturado por la muerte de sus padres, cierto, pero su motivación no es la de un psicópata. Bruce se convierte en Batman (y, efectivamente, “se convierte” a tenor de lo que he dicho un momento antes) para que ningún otro niño tenga que pasar por lo que él ha pasado. Su motivación es la compasión, no la sed de sangre. Ni siquiera la venganza, porque esta se habría culminado cuando captura a Joe Chill y Batman se habría vuelto entonces irrelevante.

Por cierto, la  unión  del Xanadú de Welles con la Mansión Wayne es todo un guiño…
El mérito no es mío, sino de los nombres. ¿El creador de Batman? Bob Kane. ¿Un millonario famoso de ficción? Charles Foster Kane. La ocasión era demasiado buena para dejarla pasar. Hacer que el Ciudadano Kane fuera el que le dejase toda su fortuna al futuro justiciero enmascarado fue algo inevitable.

… como lo es un mayordomo llamado Jarvis Worthpenny…
¿Cómo evitar la tentación de hacer un crossover imposible donde los dos mayordomos más famosos del cómic de superhéroes fueran uno solo?

Como guiño e  ironía  es, también, el siguiente párrafo : “ Claro,  como no. El villano, en lugar de hacer ejecutar al héroe en cuanto cae en sus manos, se pone a perorar interminablemente, le explica sus planes hasta el último detalle y le da al esforzado héroe una rendija por la que colarse y destruir su imperio del mal ¿ es ese el cliché que estamos siguiendo’”. Desde luego no se te puede acusar de tomarse las cosas en serio.
Me tomo muy en serio lo que hago, de verdad. Pero al mismo tiempo me encanta jugar con los clichés, darles la vuelta, buscarles las cosquillas, retorcerlo un poco. La literatura es para mí algo enormemente serio (ser escritor es la principal característica que me define como individuo) pero al mismo tiempo es un juego maravilloso y divertido. Y sí, el cliché del villano que le cuenta sus planes al héroe y le da tiempo a escapar es tan clásico…

“Tienes la venganza si no tienes otra cosa” dices en “El heredero de Nadie” ¿Es la venganza un motor de tus personajes como en el Canon?
Pues… confieso que no sabría decirte. No creo que los personajes de mi tetralogía holmesiana estén movidos por el deseo de venganza… o al menos, no solo eso. Incluso Nadie, que parecería alguien que ha jurado dedicar su vida a vengarse, al final tiene otros objetivos y hay otras cosas que le mueven. No, no veo la venganza como un buen motivador. Al menos la venganza pura y dura si no está matizada por otros elementos.

Tu Tetralogía parece estar escrita con tinta de jalea real. Lleva tres décadas de vida que se prolonga con su vida editorial en internet a través de Spórtula
Uno de los motivos de la creación de Sportula fue, precisamente, que las obras publicadas no tuvieran fecha de caducidad, que no se agotase la tirada y ya, han desaparecido y no se pueden encontrar. Por un lado con el ebook y por el otro con la impresión bajo demanda, todo lo publicado por Sportula está ahí para quedarse, está eternamente a disposición del lector. Las tiradas no se agotan y el libro no se retira del mercado. Eso siempre me pareció algo fundamental. ¿Que son solo dos, tres, media docena de lectores nuevos al año? Cojonudo, bienvenidos sean.

¿Estás muy involucrado?  
A veces me paro a pensar y pienso que me meto en demasiadas cosas. Y, bueno, a veces lo hago, pero nunca me he arrepentido de haber creado Sportula. Creo que está haciendo una buena labor, recuperando clásicos para el público actual, promoviendo nuevos autores, editando siempre pensando a largo plazo y no con esa actitud cortoplacista actual de la industria que hace que un libro que salió hace dos meses se considere viejo y no vendible…

¿Estás contento?
Estoy bastante satisfecho de lo que he hecho con Sportula. He cometido errores durante el proceso, hay cosas que podría haber hecho mejor, pero en general creo que he hecho lo correcto de la forma correcta. Y espero seguir haciéndolo mucho tiempo.

Por cierto, no te has planteado  se ha planteado una nueva edición, esta vez cronológica…
Je, curioso que lo preguntes. Si los hados no lo impiden en diciembre aparecerá “Los archivos perdidos de Sherlock Holmes”, una edición ómnibus en un solo volumen con toda mi obra holmesiana, ordenada además de acuerdo a su cronología interna y con abundantes apéndices. Serán más de 1. 200 páginas en papel y su equivalente en ebook.
La tirada en papel va a ser muy corta, así que aprovecho a aquellos interesados en que me escriban para reservarla. Además, los que reserven su ejemplar tendrá un jugoso descuento.

Cierras la Tetralogía con estas palabras: “ No ha sido más que un sueño, se dice. Un eco. Nada más”
¿El final de mi relación con Holmes? . Volver a escribir nuevas historias holmesianas… como diría Yoda “difícil de decir es, siempre en movimiento está el futuro.” Quién sabe…

Aunque, de hecho, he vuelto a escribir sobre Holmes, aunque sea de forma tangencial. En “Los rostros del pasado”, tercer libro de la serie iniciada con “El adepto de la Reina” aparece un personaje de nombre Shércroft que creo que resultará muy reconocible. Por otro lado, si le echas un vistazo a las cosas en preparación para Sportula verás que hay previsto un libro titulado “Bajo la lupa de Sherlock Holmes”. Se trata de mis quince relatos de Conan Doyle favoritos, traducidos y anotados por mí y con una introducción de Alberto López Aroca.

Una entrevista de Jabez Wilson (Luis de Luis Otero) para el Círculo Holmes

Admin - 19:07:48 @ ENTREVISTAS | Agregar un comentario



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